Janet Mariño
(De la serie Una nueva canción)
“Qué bueno es darte gracias, oh Señor, cantar salmos a tu nombre, oh Altísimo.”
— Salmo 92:1 (NBLA)
En estos días mis pensamientos se han ido hacia lugares y momentos del pasado.
Es tan difícil disciplinar la mente y permanecer en el hoy, disfrutar del presente y recordar que mi Papá me espera también en el mañana.
He orado muchas veces por esto: por no volver al pasado, por mantenerme centrada en lo que Él está haciendo hoy. He soltado, perdonado, pedido perdón… Y hay días —incluso semanas— en que lo logro, y pienso que ya no volverá a pasar. Pero regreso.
Así que, en uno de esos momentos, oré desesperadamente:
—“Señor, ayúdame. Ya no quiero pensar en esto. Sé que ya no hace parte de mí. Quiero permanecer en el presente y esperar con expectativa el futuro.”
Y Él me respondió. No lo que yo quería, pero sí lo que necesitaba escuchar —como siempre lo hace—:
“¿Otra vez la misma canción? ¿Otra vez lo mismo? Esto ya suena como a una canción de despecho…”
Inmediatamente lo entendí. No se trataba de seguir orando solamente, sino de escuchar lo nuevo y hablarlo. El Espíritu Santo no me hablaba de música en sí, sino del sonido interior de mis pensamientos y palabras. Me mostraba que nuestra mente también compone melodías: algunas agradables, otras distorsionadas, dependiendo del tono del corazón.
Buscando entender más, encontré esta definición:
“La melodía es la serie de notas que fluyen juntas en una secuencia, formando una armonía que los oyentes reconocen.
Es la voz de una canción, la parte que tarareas y que se queda contigo mucho después de que la música se detiene.”
Y comprendí: mi mente estaba repitiendo la misma melodía, una que ya no pertenecía a esta temporada. Cada pensamiento es una nota, cada palabra una parte de la canción.
Si permito que el pasado siga marcando el ritmo, nunca podré escuchar la nueva melodía que Dios quiere enseñarme.
Él está componiendo algo nuevo. Una nueva canción de libertad, de fe y de gratitud. Y para oírla, necesito dejar de cantar la vieja.
Solo así podré percibir las notas frescas que el Espíritu está trayendo, los acordes que suenan a renovación, a esperanza, a vida.
Quizás el cambio de melodía comienza precisamente ahí: en un corazón agradecido, dispuesto a dejar de tararear lo que fue, para comenzar a cantar lo que viene.
“Cada pensamiento es una nota; cada palabra, parte de la canción.”
¿Qué melodías del pasado sigues repitiendo sin darte cuenta?
¿Qué palabras necesitas cambiar para que tu corazón se alinee con lo nuevo de Dios?
¿Qué notas de gratitud puedes comenzar a cantar hoy?
Jesús, sé que debo cambiar la melodía de mi corazón. Paso días enteros tarareando mi dolor, mi decepción y mi angustia. Perdóname por seguir en ese mismo lugar y por ignorar lo nuevo que tienes para mi. Por favor ayúdame a escuchar tu melodía; la que trae paz, sanidad y libertad.
Amén.