"Entonces Abraham levantó los ojos y vio un carnero que estaba enredado por los cuernos en un matorral. Así que tomó el carnero y lo sacrificó como ofrenda quemada en lugar de su hijo. Abraham llamó a aquel lugar Yahveh-jireh (que significa «el Señor proveerá»). Hasta el día de hoy, la gente todavía usa ese nombre como proverbio: «En el monte del Señor será provisto»."
Génesis 22:13-14 NTV
Piensa en Abraham... tantas promesas que Dios le hizo, tantos retos que tenía en frente. Piensa en él como tu hermano, tu cercano, como un ser de carne y hueso. Ver, y sentir pasar el tiempo. Ver cómo se van los días sin recibir la promesa, pensar tantas veces que el tiempo se agota para ti, que tus fuerzas se acaban, que no vas a resistir un minuto más.
Piensa en cómo se sentía, qué pensaba, cuál era su mayor motivación al abrir sus ojos cada mañana. Piensa en qué pensaba cuando emprendía un nuevo camino, cuando veía una vez más las estrellas y allí veía su generación.
Cuando veía a Sara, vieja, cansada, tal vez incrédula. Cuando se miraba así mismo y veía su pecado, su inconstancia, su cuerpo ya cansado, sus pensamientos inundados de "cuándo, cómo, por qué".
Piensa en él cuando llegó Isaac! Cuánta alegría, cuánta celebración, la fe firme una vez más. Tal vez pensó: "Por fin!" O tal vez fue sorprendido por el de repente de Dios. Pero lo tenía! Ahora, ver las estrellas tenía mayor significado, ver a Sara y Su promesa creciendo dentro de ella, hacía que cada día tuviera sentido.
Piensa en esos días llenos de gratitud y alabanza a Dios por Su fidelidad, por Su inconmovible amor. Ahora, esperar era más fácil, ahora veía como la promesa era real, ahora tenía más certeza que en poco tiempo lo tendría en sus brazos.
Isaac! El sueño de Dios para cumplir un sueño mayor. Isaac el que sí era, el hijo de la promesa.
Abraham recibió el mandato de Dios... Y guardó silencio. Sabía que si compartía este nuevo reto, un dolor tan grande para él, tal vez lo que escucharía no serían voces de aliento, nadie iba a apoyar su nueva locura. Sabía que debía hacerlo, y que sólo él y Dios lo entenderían.
Piensa en Abraham caminando con su hijo, pensando en todo el tiempo que esperó, en todo lo que lloró mientras intentaba seguir creyendo. Recordando las innumerables veces que le contó su historia, como Dios lo había soñado, como Dios lo usaría, como Dios lo había traído a sus vidas con un propósito.
Piensa en Abraham, escuchando a su hijo mientras caminaban, escuchando sus historias, sus sueños. Caminando juntos, sabiendo las promesas, sabiendo que Dios es Fiel, que Él cumple.
Llevando a su hijo a la muerte. Entregando el regalo que le fue dado, muriendo a todo lo que había sido prometido, entregando su promesa y en ella sus generaciones, su futuro y el destino de muchos.
Había tristeza? Había dolor? Incertidumbre? Duda? Queja?
Abraham tenía la certeza que algo sucedería. Tal vez no sabía cómo ni cuándo. Tal vez pensó en que todo iba a comenzar de nuevo. Pero sabía, él sabía que Dios cumple y que de alguna manera su generación sería como las estrellas, como la arena, que sería llamado padre de multitudes.
Lo que sucedió ese día, marcó la vida de Abraham y de Isaac muy seguramente. Entregó lo que sabía que no le pertenecía, lo que le costaba, aquello que creía que era lo que más amaba, para descubrir que Su más grande amor era su Señor, Su Dios.
Fue ahí, en el monte donde supo que Dios haría tal cual había prometido. Ahí en el monte conoció a SU DIOS PROVEEDOR. Allí los dos supieron que Dios provee todo! El provee un sueño, provee fe, fortaleza, confianza, fuerzas, certeza y al final cuando Él lo pide de regreso, también provee el sacrificio.
Persevera, cree, camina de Su mano. Las emociones van a estar presentes, tal vez escuches voces equivocadas. Aún así, no pierdas de vista las estrellas, «En el monte del Señor será provisto».